RAMON DORIA BAJO

EL COMENTARIO


Murió de incredulidad

La tía Rosalía, que así se llamaba en realidad, aunque todos la conocíamos como la «Tía Rosalinda» –porque ése era su mote en la familia– era todo un carácter: comedora, cocinera, parlanchina, guapetona (de ahí le venía el mote), activa como una corneja, alegre como un jilguero, todo un vendaval de personalidad. No tenía hijos aunque relaciones varoniles no le faltaban pero no los echaba en falta: nos tenía a su multitud de sobrinos. Siempre decía que si hubiera nacido en esta época, «ella» se hubiera dedicado a la Política porque los que hay no son más que unos ganapanes sin categoría.

Todavía me acuerdo de la interminable carcajada con que recibió la afirmación real de que “Todos somos iguales ante la ley”.  Se retorcía en el sofá y se le saltaban las lágrimas de risa. Nunca era mordaz pero me acuerdo perfectamente con qué rotundidad defendió lo parcial de la Justicia: “Está claro que la Audiencia Nacional no es otra cosa que un tribunal para los VIP, así pagan sus componendas una sola vez”. “Las cárceles son para los robaperas, a los ladrones de verdad y los aforados los condenan a ejercer de consejeros de las grandes compañías”, dijo tranquilamente.

De la Educación tenía también su particular visión: “Las escuelas, los institutos y las universidades no son otra cosa que sistemas de adoctrinamiento y docilidad; son como las anteojeras que les ponen a los burros en las norias para que no se despisten y sigan trabajando para el amo”. “Toro educando: buey trabajando”.

Pero lo que la mató fue no creer en la Sanidad y eso qué… de los médicos tenía una buena opinión pues decía: “Son buenas personas pero demasiado crédulos, se tragan todas esas interesadas “verdades” científicas que les venden las farmacéuticas y así «recetan con metralleta», medio te sacan de una y ya te están metiendo en otra. Como dijo Cervantes son unos Matasanos”. “Al médico, como al Juzgado, que te lleven a la fuerza”. “Antes, en los pueblos, nadie iba al médico, las cosas se arreglaban con remedios caseros, eso de las vacunas se presta a mucho tejemaneje ¡acordaros de la de la gripe aviar, menudo negocio para algunos!”

Murió en casa, en cama de morir –como a ella le gustaba decir– rodeada de un montón de sus allegados y despidiéndose de todos con esa maravillosa lucidez que conservaba en plenitud a sus 103 años. ¡¡Todo un personaje para un cuento!!

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