Ramón Doria Bajo

El Comentario


Tras un femenino 8 de Marzo

El pasado día 8 de marzo participé en una marcha de 7 Km. que desembocó en una multitudinaria manifestación reivindicativa de la figura femenina. Lo hice convencido de lo importante que es que la sociedad actual reconozca el valor de la mujer y el qué éstas se movilicen. De esas tres horas y pico que estuve inmerso en esa colectividad de féminas de todas las edades, guardo una sensación ambivalente. Intentaré explicarme.

Me encandilé con esa fuerza sosegada que caracteriza al mundo femenino al ver cómo se enfrentaban a un efectivo policial que indagaba acerca de si esa caminata por los senderos rurales contaba o no con la bendición de la autoridad (Para la Policía siempre es sospechosa cualquier reunión social); las vi, cual Lisístratas de hoy, reivindicando el «No es: NO»; cuestionando esa discriminación laboral anacrónica en un mundo donde la fuerza del trabajo es la fuerza de la mente y no la de los brazos; grité con ellas contra la tibieza judicial ante las agresiones de las manadas de macho ibérico y también las comprendí cuando protestaban contra la cosificación (“Soy la mujer de mi vida” rezaba una pancarta). Cuestión esa que, hace 120 años –también con sorna– Nietzsche, plasmó así: “Las mujeres son la única propiedad privada que tiene el control completo sobre su dueño.

Pero… –siempre hay un «pero»– también observé un resquemor contra el sexo masculino, contra la relación sexual con el macho en sí, cual si fuera exclusivo sinónimo de dominación o posesión del macho sobre la hembra y no existiera el viceversa. ¿Acaso no estamos en el tiempo del poli-amor donde cabe casi todo? Hombres y mujeres, machos y hembras estamos condenados a entendernos así sea: «semana si, semana no». ¿Cómo vamos a prescindir de uno de los pocos placeres anímicos verdaderos que nos depara la vida? El padre del psicoanálisis, Freud, en El malestar en la Cultura, nos dijo: “¡Cómo podríase olvidar precisamente esta técnica del arte de vivir!…–el amor sexual– [en general] nos proporciona la experiencia más placentera más poderosa y subyugante, estableciendo así el prototipo de nuestras aspiraciones de felicidad”.

Entre ambos pensadores y un poco de mi mollera he podido entrever que, tras ese rechazo visceral hacia la figura masculina, una vez más, se esconde esa mano negra de los poderosos que suscitan pasiones sentimentales, contra las cuales la inteligencia y la razón son más débiles, a fin de dividir a los administrados (Igualmente lo hacen con las religiones, los nacionalismos o las razas). A mayor división del rebaño más fácil para el león cazar su presa.

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