Nostalgia del tiempo de baños de ola

Por Ramón Doria

Hace casi dos siglos, los médicos aconsejaron a las clases pudientes los baños de mar; pues tonificaban el cuerpo y también el espíritu ya que abrían los horizontes al viaje. Así se inició la moda del turismo y así Santander y San Sebastián; con sus frescos veranos e inmensas playas recogían lo más florido de la sociedad española. Esa moda se extendió luego al Mediterráneo donde no siempre hay olas aunque siempre hay mar salada igual de desoxidante. Durante casi seis meses cada año, tengo la fortuna de poderme pasear muy de mañanita por unas preciosas playas mediadas de arena y piedras preciosas, bueno… digámoslo mejor: Piedras Bonitas de Playas Pedregosas (PIBOPPES).

Donde a la espera de que los dioses pongan el Sol en La Costa y pueda tomar los baños de ola pertinentes, me dedico a coleccionar dichos piboppes (Piedras rayadas, paralelepípedas, romboidales, discales…) con las que luego, sintiéndome un poco artista, confecciono imágenes. La Naturaleza siempre da y la Ciudad casi siempre quita.

Así resulta que pronto empecé a encontrar piboppes en forma de corazón, lo cual me indujo a pensar en los miles y miles de seres humanos que; habiéndose embarcado llenos de ilusión en busca de un futuro mejor, vieron zozobrar sus embarcaciones y con ellas sus vidas. Y pensé también que ese era el mensaje que la mar me ofrecía al diseñar la forma de esas piedras. Un mensaje de evocación de todas esas vidas de nuestros antepasados; que habiendo sido traídos hasta allí por los ríos de sus ilusionadas vidas, volvían a mi mano diciéndome: «Somos muchos los que hemos contribuido a tu bienestar actual, procura tú lo mismo para los siguientes».

Contribución al bienestar de las próximas generaciones

Entre los escasos habitantes humanos que a esas matutinas horas deambulan por allá, tengo la costumbre de entablar conversación con todo aquel que se preste a ello, sea pescador, limpiador/a de playa o paseante, pues todos te aportan algo. Así, por un noctámbulo pescador me enteré de cómo los ocho jóvenes y fuertes norteafricanos que yo, prismáticos en ristre había avistado, al rayar el alba; agolpados sobre un semi-desinflado chinchorro neumático, nada más pisar la ansiada playa, se hincaron de rodillas para besar la tierra prometida y dar gracias a sus dioses, y tras acabar de hundir la lancha salieron corriendo para ocultarse en el
vecino alcornocal.

Aquella misma tarde-noche, en la playa vecina, mientras escuchaba cantar a Estrella Morente, pensaba: ¿Cuántos infortunios habrán de pasar todavía esos ocho chavalotes hasta que puedan llevar una vida medianamente digna? ¡Qué de veces se acordarán de los seres queridos que se quedaron en la otra orilla! ¡Qué injusta es esta sociedad que a unos nos da pan de sobra y a otros les sobra el hambre!

Trabajo con amor

Otro día, viendo la meticulosidad con que una limpiadora de playa recogía todo con sus largas pinzas, hasta las colillas; para que así no tarden de 1 a 10 años en integrarse en la Naturaleza, me dije: «el próximo piboppe-corazón será para ella pues trabaja: con amor» Y, así, unos días más tarde tuve ocasión de entregárselo. Me lo agradeció y me preguntó cómo me llamaba para bautizar así al piboppe.

Hace poco, hablando de mañanita con ella, me contó que hace mucho tiempo había encontrado una especie de concha esférica como si fuese una gran cabeza de ajos.A lo que le comenté que quizás se tratase de un esqueleto de erizo de mar de los que yo coleccionaba y que si encontraba otro, por pequeñito que fuese, me lo dejara en la piedra grande donde dejo mi ropa para entrar al baño de ola provisto de mi termómetro y mi sombrero.

El verano se agostaba y un día llamándome desde lejos y mostrando en su mano algo; mayor que una pelota de tenis, reconocí lo que era el esqueleto de un gran erizo de mar. Ya cerca, mirándome fijo a los ojos me dijo: «Tome, a cambio del corazón que me dio». Protesté por la desproporción del regalo pero ante su tenaz insistencia, desistí para tomarlo de su mano. ¡Ay, si no hubiéramos estado en pandemia que abrazo más fuerte le habría dado!

Evocando a Nietsche

Cada vez que recuerdo la generosidad de ese gesto rememoro también a Nietzsche cuando en “Humano, demasiado humano” en el aforismo 49, titulado Benevolencia dice: “…me refiero a esas manifestaciones de actitud amistosa en el trato, esa mirada sonriente, esos apretones de manos, ese contento del que habitualmente están revestidos casi todos los actos humanos. […] la vida no verdea y florece más que por esa benevolencia. La bonhomía, la afabilidad, la
cordialidad son desagües siempre manantes del impulso altruista y han prestado una contribución mucho más poderosa a la edificación de la cultura que esas manifestaciones mucho más famosas del mismo que se llaman compasión, misericordia y abnegación.”

Desde aquí quiero mandar un fuerte abrazo a esa trabajadora del mar, de parte de la madre de todos los erizos de mi colección, de parte de: «Susana»

Sigue nuestras Noticias de San Pedro Alcántara Marbella