RAMÓN DORIA BAJO. Algunas consecuencias de la desigualdad

El Comentario

El 22 de octubre de 2019 La Vanguardia hacía mención a un estudio de Credit Suiss en el que se afirma que el 1% más rico de la población mundial detenta el 45% de la riqueza del planeta. Cuestión ésta que hace varios años, sesudos economistas, como el estadounidense Stiglitz (Premio Nobel 2001) o el francés Piketty, habían ya denunciado.

El pasado día 12 de marzo, TV2, en un documental acerca de la Peste Bubónica en el Londres de 1348, se afirmaba que aquella pandemia –que acabó con el 60% de la población londinense– se había podido expandir tan eficazmente por la falta de salubridad derivada de la precariedad económica.

La misma cadena televisiva, ese mismo día, en un documental de naturaleza, titulado El amazonas de oriente, nos informaba de que la sustitución sintomática de selva virgen por plantaciones de palma para la producción de aceite, está acabando con un montón de primates (orangutanes, monos narigudos…) y otras especies propias de Borneo.

Dicha plantación masiva obedece a un motivo puramente económico: la rentabilidad por hectárea de cultivo palma para aceite, es 55 veces superior a la conseguida con el incipiente turismo de naturaleza. Y esa fabulosa rentabilidad se debe a la gran demanda a nivel mundial del aceite de palma, dado que dicho aceite es el más barato de los aceites existentes. ¡Atención! repito: «el más barato» lo cual no quiere decir precisamente el mejor o más saludable.

Es decir, la precarización de las masas trabajadoras del mundo –ese 50% de la población mundial que trabaja más de 60 horas semanales como fabricante o repartidor de productos de consumo– se agarra al clavo ardiendo del aceite de palma para así poder sobrevivir.

Cerremos el círculo. El milagro económico chino tiene –entre otras zonas oscuras– la de marginar a importantes núcleos de población, que sobreviven a duras penas en insalubres condiciones de hacinamiento. Condiciones proclives al desarrollo de enfermedades como el Corona-virus que actualmente asola al mundo qué, eufemísticamente, llamamos civilizado.

Mientras miles de jubilados ven esfumarse sus bursátiles ahorros, el 1% sigue comprando alborozado. ¿Serán capaces ese 1% de coronadas testas que dominan el mundo (reyes y otros mandamases), de eliminar de sus cabezas ese virus maligno de la ambición desmedida? ¿Serán capaces de percatarse de que también «ellos» sucumbirán a la enésima peste? ¿Acaso es tan difícil darnos cuenta de que «todos los seres vivos» somos una única familia que habitamos en una casa de todos, llamada Tierra?

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