Propósito de enmienda

Alguna vez he hablado de esto, del propósito de enmienda; sobre todo, del que deberían hacer gala los políticos. Los buenos, si es que ya queda alguno. De esos que se levantaban cada mañana con la idea de llevar a término una buena acción y que ésta llegase a cuantos más vecinos, mejor. De esos políticos que pulsaban la calle sin guardaespaldas.

No simplemente para oír, sino escuchar con atención las peticiones de todo un pueblo. Y si no de todos, al menos de ese tendero al que; preocupado, ha ido a visitar porque le han comentado que las ventas han caído. Y quizás no llegue a fin de mes con el empleado que, con toda ilusión, contrató a principios de año, previendo que la economía, por una vez, iniciaría la temporada con buen pie. De esos políticos que, con atención, observa cómo una señora mayor, quizás con más de 80 años, aún saca su escoba y la fregona para limpiar el trozo de acera al que el ayuntamiento no llega y, si llega, quizás lo haga tarde. De esos utópicos y desaparecidos políticos que, herramienta en mano, cruza su hombro con el de un grupo de jóvenes voluntarios, decididos a embellecer su barrio.

Podría seguir con ejemplos de buen político, pero la cruda realidad transformaría este ejercicio en un triste bolero, al que únicamente cabría añadir requinto, piano y maracas. Triste, tristísimo, porque, ni existen esos políticos, ni tienen propósito de enmienda. Olvidaron por completo, escuchar a la ciudadanía. A esos que les eligen y pagan para que se les haga caso. Cada cual está, como púber frente a su smartphone. A ver qué foto le sale mejor y qué vídeo del contrario pone más en evidencia para echar unas risas.

Agitar la calle

Pero ¿qué diferencia existe hoy en día entre políticos y ciudadanía? ¿Alguien diferenciaría hoy [sueldo aparte], lo que hacemos unos y otros? Los curritos de a pie, dado que no queremos o no podemos llegar a ese estatus, nos hemos vuelto, como si del fútbol se tratara, forofos y, en muchos casos, ultras de cada hinchada. Heridos e incluso muertos hemos tenido por ser o aparentar públicamente ser de una ideología u otra. Y en ese proceso, hemos perdido la perspectiva, independencia y el respeto hacia quien piensa distinto. El papel hoy de los ciudadanos en la política es agitar la calle, pero no para exigir cambios y mejoras, sino para que nuestra grada vibre al son de un bombo o vociferante “técnico”.

Nosotros, como los políticos, rompimos con el papel que la democracia y la Constitución nos daba. Alguno recordará que, en San Pedro Alcántara, por asuntos como el tráfico rodado, la educación, el castigo de las drogas, o nuestra independencia, la mayoría se movilizaba. Pocos se quedaban agazapados tras sus cortinas viendo pasar la manifestación.

Hoy, por el contrario, permitimos que se haga con nosotros lo que a los políticos o, como se ha demostrado en algunos pueblos y ciudades, las mafias, sean quienes dicten lo que debemos o no hacer con nuestras vidas. Somos simples marionetas que, por ahora, tampoco tenemos propósito de enmienda. Así ¿qué políticos pretendemos tener?

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